| « La vida es un inmenso saco de vacío absoluto que trata de expandir su mediocridad al universo infinito del ser humano. | Reflexiones de un loco » |
En busca de la ambrosía perdida (Parte IX)
¿Parte IX? ¿Y donde están las otras 8 y las que siguen a esta?
Seguro que es la pregunta que más de un@ se hará cuando lea este post (Si es que alguien lo lee)
La razón de esto y de lo prolífico del dia 11 (Algún listo también lo habrá notado) es que estos primeros "posts" los he rescatado de un blog que abrí en otra web hace un tiempo y he decidido pasarlos aquí para llenar un poco este sitio que empieza.
Este en concreto fué mi contribución a una historia que relatamos entre varios "postulantes" Si te interesa conocerla entera ponte en contacto conmigo para que te diga donde encontrarla. (Si es que está aún por ahí)
Seguimiento:
¿Cómo era posible? Era del todo inaudito. Esa mujer había nublado hasta tal punto sus sentidos que se estaba convirtiendo en un pelele, una marioneta guiada por hilos perfumados. ¡Diana! Era la titiritera más preciosa que sus ojos habían contemplado alguna vez, pero no podía permitirse el lujo de olvidar que no era más que eso.
¿De verdad pensaba que podía sentir algo más? ¡Iluso! Ella estaba desde el principio jugando a su antojo con el y no iba a seguir permitiéndolo (Esas tetas suaves y jugosas... Ese culo rotundo y exuberante...)
- ¡¡¡Basta Jones!!! – Se dijo a si mismo – Es mi enemiga, siempre lo ha sido y no solo desde el principio de esta aventura. La zorra de su hermana ya ha tenido lo suyo. ¿Acaso pensaban que un cuerpo idéntico podía engañarme?
No había sido muy difícil colarse en la habitación. Estaba claro que en los planes de esa mujer no entraba encontrarse con el y mucho menos en esas circunstancias, porque al verle la expresión que se reflejó en su cara fue de sorpresa, sí, pero no el tipo de sorpresa que puede esperarse de alguien con quien has vivido momentos íntimos.
La mujer que entró por la puerta estaba sorprendida, pero no sólo eso... También estaba asustada... indecisa. Hay que reconocer que reaccionó rápido.
- ¡Jones! – Balbuceó Damaris, y súbitamente tranquila continuó - ¿Qué haces aquí? ¡Que sorpresa tan agradable!
- ¿Te alegras de verme? – Jones levantó una ceja. Aquella reacción no le resultaba muy natural después de los últimos acontecimientos.
- Creí que me habías pedido, encarecidamente, que no te siguiese.- La cogió de los hombros y recitó atiplando la voz - “Me voy Jones, esto no tiene sentido y por favor, no me sigas”... ¿No es eso lo que me dijiste la última vez?
- Las cosas cambian.
- Tu no, Diana. ¿Quién ha oído hablar de alguna vez que la famosa arqueóloga haya dado marcha atrás? Tú no cambias. A menos qué...
No, no podía ser, se decía una y otra vez. Estaba allí delante de ella. Eran sus ojos, su boca, su cuerpo inmenso y maravilloso; su pelo caía deliciosamente sobre sus hombros como siempre, pero Diana no estaba. No tenía ni idea de cómo lo sabía, pero la sensación era intensa. Violentamente la apretó contra su cuerpo y la besó.
- Mmmmmm ... MMMMMMMMMM... ¿Qué haces? – Logró gritar Damaris liberándose de la presa.
- ¿No me deseas “Diana”?
Damaris noto el sarcasmo en aquel hombre y tubo la sensación de que esta era la última aventura en la que la alocada de su hermana, su querida hermanita, copropietaria de tantas confidencias, la había metido. No sintió ningún rencor hacia ella, ni siquiera se arrepentía de haberse dejado seducir por su entusiasmo una vez más; tan sólo deseó que ese hombre acabara rápido su trabajo.
¿Y ahora qué? ¿A dónde dirigirse? Jones no tenía modo de saber que no debía ir a ningún sitio si quería encontrarse con Diana. Era evidente que su tórrida historia de amor había finalizado tajantemente en aquella habitación, con aquella Diana que no era Diana. Aquella copia burda no sabía ni chuparla. Aunque quizás la navaja que estuvo empuñando todo el rato contra su cuello de cuya punta brotaba ese hilillo escarlata tuvo algo que ver con la rigidez de su lengua.
¡Bien! Su romance era historia. Debería hablar con sus chicos para comprobar si habían avanzado más que el. Seguro que así era, el se había convertido en una sombra de lo que era. Ni siquiera tuvo valor de acabar del todo con Damaris. Así se llamaba la zorra: Damaris. No necesitaba ni quitarse el prendedor para divertirse con los novios de su hermana. No le quedarían más ganas de cambiarle otro.
- ¡Señor Hagerup! ¡Póngase derecho e incline la cabeza cuando le hablo!
Gregor Hagerup temblaba de pies a cabeza cuando ese hombrecito enjuto y de mirada severa y confiada se dirigía a el. Había soportado muchos golpes de su vara de cedro desgastada, muchas horas en el “cuarto oscuro” con un poco de agua y un trozo de pan duro como único alimento.
- Le gusta el pan ¿Eh, señor Hagerup? – Escupía aquel desgraciado – Debe ser así a juzgar por el ritmo en que desaparece de la despensa. ¡Pues va a tener pan!
- ¡Le he dicho que incline la cabeza, insolente!
Aquella era la última vez que volvería a temblar ante esa minúscula imitación de hombre. Le miró fijamente a los ojos y observó como la confianza los abandonaba y era sustituida por el miedo que siempre había estado, en realidad, agazapado detrás.
- ¡Señor Hagerup!
No fue difícil cortar su cuello, el cuchillo que había robado de la cocina estaba bien afilado y cada una de las marcas de su espalda, que tantas veces le habían gritado que pusiera fin a la tortura, le daba las fuerzas necesarias.
Tenía sólo 12 años, acababa de segar su primera vida y únicamente podía mirarse las manos ensangrentadas y reir. No fué una risa agradable. Aquél acto no le había traído la felicidad imaginada en tantos sueños, ni siquiera la paz tan anhelada.
Cogió las llaves del bolsillo de la sotana, se dirigió a la puerta y la abrió. El mundo que se hallaba delante de el no parecía mucho más agradable que el que dejaba atrás.
- ¡Señor Hagerup!
Gregor abrió los ojos. Una hermosa mujer se inclinaba ante su asiento.
- Me pidió que le avisase cuando nos aproximáramos a Atenas. Faltan 5 minutos, señor.
- Gracias – Dijo solamente – la diplomacia nunca había sido su fuerte.
Atenas... Ahí estaba de nuevo. Ahí volaría en breve la mujer que comenzaba a amar con locura, si es que el era capaz en verdad de amar.
Jones, ya no era un problema, pero quizás debería cargárselo de todas formas; sería agradable.
En cuanto a don Alejandro... Ese viejo empezaba a resultar molesto. ¿No sonaban un poco a orden sus últimas indicaciones?
- ¡Diana! – Pensó – ¡Pronto estaremos juntos eternamente!
Primera Parte: Blog de Góticaesther
Segunda Parte: Blog de Sirrobcn2
Tercera Parte: Blog de Vlad Tepes
Cuarta Parte: Blog de Minatepes:
Quinta Parte: Blog de jimmyjimmy205
Sexta Parte: Blog de Bambinabella3
Séptima parte: Blog de Blas Pitt
Octava parte: Blog de 67ike04
Próximo capítulo en el Blog de JAH0070
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