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Encuentros en el andén (Relato erótico)
Si que hacía calor. Era uno de esos días que uno no sabe donde meterse. No se cuánto marcaba el termómetro ni me importaba; pero en aquel andén el calor te aplastaba contra el suelo. Sólo pensaba en llegar a casa y meterme bajo un chorro de agua fría vivificante. Era mi único deseo… Hasta que la vi, claro.
Seguimiento:
Pensaba que sería imposible sentir más calor, pero ahí estaba ella... bella, en el andén de enfrente, etérea con su vestido blanco azulado y una llamarada recorrió todo mi cuerpo.
Era la mujer más increíble que había visto nunca y mis ojos la recorrieron deleitándose en cada centímetro de sus curvas y no había uno solo que no mereciera la pena recorrer pausado.
Nuestros ojos se encontraron. Ella también me había mirado. Había observado como la contemplaba. Entonces me fijé en su pecho y vi que no era indiferente a mi exploración. A ambos lados se alzaban desafiantes dos pitones duros que amenazaban con traspasar el vaporoso tejido de su vestido y estaba claro que no era precisamente por frío.
Me lanzó la mirada más seductora que podáis imaginar. No se si sería mi imaginación, pero juro que pude distinguir claramente una gotita bajando por la cara interna de una de sus piernas... ¿Sudor? No era eso lo que pensé exactamente. Y mi mente salto las vías del tren y se arrodilló entre sus piernas entreabiertas, para beber esa gotita y las que le siguieran esa noche, hasta el amanecer.
El silbato del último tren en su dirección me sacó de la ensoñación. En unos segundos ella montaría en su vagón y la perdería para siempre. Y no estaba dispuesto a que ocurriera esa tragedia.
Justo cuando el tren asomaba su cabeza por el túnel y me escondía de su vista corrí como si me persiguiera el diablo por las escaleras, llevando en mi cabeza la imagen de esa mirada, de esos pezones duros como piedras... de esa revoltosa gota incitadora y llegué al otro lado justo cuando el maquinista hacía sonar el silbato de nuevo y las puertas comenzaban a cerrarse.
Me colé por los pelos y ahí estaba ella. No me había visto. Miraba con lo que me pareció un poco de angustia al otro andén, como buscando...¿Sería a mi a quien buscaba? Sentí su tristeza cuando el tren se introdujo en el túnel. Su sonrisa se borró y en su cara se reflejó la oscuridad del exterior.
Lo vi claro entonces: ¡Era a mí a quien buscaba!
Me acerqué despacio, sin hacer ruido, hasta su espalda. Respiré el aroma de su pelo y susurré en su oído
- ¡Hola!
Sorprendida, como si se hubiera soltado algún resorte se volvió, me miró y volvió a iluminarse su cara... su cuerpo entero.
- ¡Hola! – Me dijo.
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